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lunes, 24 de junio de 2013

Una novela de autodestrucción



Leí Bajo el volcán (1947) de Malcom Lowry, escritor alcohólico y aventurero,  en una noche de insomnio y atención potentísima debido a las anfetaminas que había tomado para mantener en el límite mi nivel de concentración. Fue una noche de julio de 1985 en que me sumergí en el Día de los muertos de 1938 en que el ex-consul británico en Mexico, Firmin,  vive doce horas de delirio alcohólico a base de mezcal en que se presentan todos sus fantasmas en forma de sentimientos de culpabilidad. Sucede en la ciudad mexicana de Cuernavaca.

En esta compleja novela cinematográfica que sufrió varias reelaboraciones y estuvo a punto de desaparecer en un incendio, se revive el proceso de autodestrucción del protagonista ante la presencia de su ex-mujer y su hermanastro que nos acompañan en esta espiral de fuego y culpa que conmociona al protagonista, perseguido por todas sus sombras.

Han pasado 28 años desde que leí esta novela en una noche igualmente delirante, pero no he olvidado las poderosas sensaciones que me hizo vivir. Hay libros que no olvidas nunca y hay libros que olvidas a las pocas horas de haberlos terminado.

Creo que pocas veces un proceso de autodestrucción, de descenso a los infiernos literario y existencial, concentrado en un día, en doce horas, ha sido tan relevante como experimento narrativo y como experiencia lectora. Todavía hay días en que sueño con ese Día de los Muertos de 1938 en que el protagonista muere destrozado por unos matones fascistas, en estado de delirium tremens. Sus imágenes me asaltaron en una profunda crisis de valores que viví en oleadas de angustia poderosa. La angustia latente de este texto tremendo se identificó con la mía y tuve ocasión de enfrentarme a una novela demoledora, apocalíptica, en un Mexico delirante, tal como la mente de su personaje central.

Novela no apta para todos aquellos que piensan que la lectura ha de ser una actividad placentera y tranquila. Vamos, para los que quieren pasarlo bien con una novela.